lunes, 30 de noviembre de 2009
Mis diciembres.
Pero luego, como yo soy así, despierto, y entonces esa idea muere. Desaparece. Ya no existe. Es como si por pensarla, no pudiera realizarse jamás en mi realidad. Y me enfado. Y fumo. Fumo muchísimo. Fumo tanto, que a veces llego a odiar al invierno.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Quiero volver a ser una niña.
lunes, 23 de noviembre de 2009
Que me gusta cuando tocas la guitarra.
Y aunque te pida que esta noche me des un concierto privado, sé que no me lo vas a dar, porque sé que lloras cada vez que la acaricias, y cuando te vas de casa y me apetece sonar música, las lágrimas que se han caído de tus ojos grises se han secado, pero quedan ahí como caminos hacia ninguna parte, y sé que has vuelto a tocar alguna canción bonita de esas que sólo sabes tú.
Como te decía, ojos tristes, me gusta cuando tocas la guitarra.
viernes, 20 de noviembre de 2009
Ser idealista juega malas pasadas.
Luego ella sonrió, y sus ojos reflejaban el fuego que pronto descargaría. Él no consiguió evitar mostrar sorpresa en su rostro al ver tanta pasión en una mirada.
Y entonces, él le pasó sensualmente la mano por la pierna y ella se acercó a él un poco más. Despacio, con movimientos felinos y lentos, se dejó desnudar por unas manos tan expertas que aumentaban el calor y...
- Vale, vale, ¡ya vale! –gritó Marta, levantándose de la mesa y yendo hacia la ventana mientras se encendía un cigarrillo-. ¿Quieres que me ponga cachonda aquí, sin poder ponerle remedio?
Lola rió fuerte.
- Entonces, ¿qué? ¿Te presto este minirrelato? ¿Te parece interesante?
- Más que interesante, me parece un martirio para las que no podemos echar un polvo en condiciones y leamos estas cosas.
- Siempre puedes hacerlo tú sola.
Marta la miró incómoda.
- Es fácil decirlo, pero horrible intentarlo. Sola no tiene gracia.
- Lo sé, cielo.
Lola guardó los papeles en la carpeta de color verde, y miró a Marta.
Tenía la mirada perdida en el cielo azul de aquella mañana de diciembre. Siempre pareció ser una chica dura, ajena a los sentimientos que implicaban a otra persona del sexo opuesto. Se encerró tanto en sí misma que ya ningún hombre le parecía lo suficientemente bueno para ella.
Lola no la entendía. Había mucha gente en el mundo que merecía la pena. Para ella, Marta era la típica princesita que no había encontrado aún a su príncipe.
Lo que Marta no sabía, era que muchos sapos son más príncipes que los de los cuentos de hadas.
martes, 17 de noviembre de 2009
Me gusta pensar en estas cosas por la tarde.
¿Te acuerdas cuando te comenté que tenía unas ganas locas de irme a Cantabria? Pues es que cada día lo voy pensando más y mejor, y la verdad es que creo que nos saldría bastante bien la cosa.
Cierra los ojos.
Dame la mano.
Ahora, quiero que te imagines una casita blanca en la costa cántabra. No hace falta que te describa la costa cántabra, ¿o sí? Bueno, las arenas son claritas, el mar está siempre gris y hay muchas nubes, y viento que las mueve, y si miras dando la espalda al mar, hay acantilados y montañas y mucho verde.
Pero centrémonos en que estoy en el porche de la casita. Y hace viento, y el cielo está blanco-gris, y el mar está rugiendo y quiere alcanzarnos, y huele a sal. A mí esos momentos de la tarde me gustan mucho, sobre todo si lo tomo con una taza de chocolate caliente, porque me gusta ver cómo el viento frío se lleva el humo caliente que sale de la taza, sin parar.
Y llegas tú por detrás y me abrazas, y me das un beso en la mejilla, y nos quedamos atontados mirando al mar, con mi taza de chocolate caliente sujetada por mis manos.
Pero ya es hora de pasar, que empieza a hacer frío y la arena empieza a levantarse por el viento y a enredarnos el pelo junto con las gotitas del agua del mar. Y luego me quejo porque no consigo desenredarme bien, y tú te ríes.
Y entramos en casa… y nos hacemos el amor.
lunes, 16 de noviembre de 2009
Por favor.
Hacía mucho que no te veía y, ¿sabes? no me gusta nada tener que verte en estas circunstancias.
Y me esfuerzo en escribirte esto, pequeño Manuel, pero aún no sabes ni leer, ni escribir, ni caminar, ni decir dos sílabas seguidas con significado.
Pero sí que sabes hacernos sonreír a todos mucho, mucho. Y ríes bonito, tan bonito que consigues que el más serio de la familia se ría también bonito.
Y nos miras a todos con esos enormes, enormes, enormes ojos azules que te han dado papá y mamá, y con esa carita de niño listo y simpático, y se nos cae la baba, Manuel. Porque eres alegría y energía, y nos las contagias, y te estamos agradecidos.
Jo, por eso, Manuel, aunque no puedas, me gustaría que me prometieras que te vas a poner bien. Porque tu mamá y tú papá están muy tristes. Y los abuelitos. Y los tíos. Y todos los primos, pero todos ¿eh? Sobre todo yo, la prima vieja, esa que va tanto a su bola y nunca está en un sitio fijo.
Por favor, Manu, ponte bueno.
domingo, 15 de noviembre de 2009
Hoy te recuerdo, mi querido hombre-anuncio.

I know, you don’t remember who I am.
You don’t remember the reason why I am writing this.
But I do remember you. And, today, I was thinking about London and I thought about you.
It was the eighteenth of July, a Saturday evening.
You were in Oxford Circus, and the first time I met you I was really rude with you. I’m sorry.
But, twenty minutes later, someone stole my bag. And I was crying in Oxford Circus, phoning my parents and trying to get my money back. But I couldn’t.
And I saw you, and you were looking me without any smile, like if you wanted to speak with me. And I went to talk with you.
- Excuse me; do you know the phone number of this bank?
- No, I don’t… I am sorry… Sei italiana?
- No, sono spagnola – I said, smiling like never I smiled-. Ma io capisco un po’ lo italiano.
- Piacere. Cosa sucede?
And there, in the middle of my favourite city in the world, I was trying to talk with a handsome man with an enormous advertisement.
You tried to explain me all that you knew about the mafias of London. Near us was the Chinese Neighbourhood. The Russians also worked near there. And I cried and you calmed me. I was so pleased because I met you.
So, thank you very much for that. Today, just today, I have remembered that day.
I’d like to know your name, your address or your phone number, and say “Thank you”. But I don’t have any information of you.
Maybe that is better.
martes, 3 de noviembre de 2009
Carreteras secundarias al atardecer.
Era su manera personal de evadirse de la rutina y de los problemas diarios.
Sobre todo, le gustaba coger el coche los viernes por la tarde en noviembre. A eso de las cinco. Salía de la ciudad y se iba lejos, por carreteras secundarias, hasta algún sitio donde poder ver solo el atardecer. Cada vez era un sitio diferente.
El cielo cambiaba las tonalidades. Empezaba siendo naranja intenso. Marcando fuerte el contraluz con los árboles y las montañas. Después, poco a poco iba desapareciendo y dejando tras él una gama de colores azules y violetas y un naranja rosado en las nubes. Sergio se fumaba un cigarrillo y sonreía.
Aquello se parecía mucho a la tranquilidad.
Sergio miraba a Dan con media sonrisa cuando llegaba tarde los viernes, y nunca le decía dónde había estado. Él sabía que Dan se moría de ganas por saberlo, y algún día, sólo por hacer una excepción, él la llevaría a ver una puesta de sol de esas tan mágicas que a él tanto le gustaban.
Por eso, cuando Dan empezó a adelgazar tanto, tanto, Sergio decidió llevarla a ver una puesta de sol para que sonriera un poco, porque cada día estaba más triste, y Dan no era una de esas chicas que las puedes ver serias, no, Dan era una de esas chicas que tienen una sonrisa tan, tan bonita, que haces todo lo posible porque sonrían.
Dan se sorprendió mucho al ver que Sergio la estaba esperando en la puerta de la clase. La cogió de la mano, le dio un beso en los labios y le sonrió. Dan, colorada ante la atenta mirada de todos sus compañeros de clase, también le sonrió, muy contenta además, y Sergio, sin mediar palabra, se la llevó al coche.
Puso la música muy, muy alta. Escucharon el CD favorito de Dan, ese que tantas veces pone en casa a la hora de la siesta y que hace que Paula se despierte hecha una fiera.
Sergio conducía con su mano en la mano de Dan, que sonreía como nunca antes había sonreído. Empezó a desviarse a carreteras secundarias, mientras empezaba a atardecer.
Pararon en un sitio alejado de la ciudad, y sin hablar ni nada de nada, se bajaron del coche, se apoyaron el uno en el otro, y vieron la puesta de sol más especial que podían haber imaginado.
lunes, 26 de octubre de 2009
Cuando la pasión vale por dos.
Nunca antes había besado a una mujer. Nunca antes había sentido esa atracción sobre alguien de mi mismo sexo. Nunca antes había pensado que mi tendencia sexual estaba algo desorientada. Nunca.
Sin embargo, lo que Sandra significó para mí desde el primer día en que la conocí fue demasiado fuerte como para hacer caso omiso a nuestra atracción fatal.
Era mi compañera de piso. Desde la primera vez que cenamos juntas no tuvo ningún inconveniente en decirme que era lesbiana, cosa que despertó en mí una curiosidad felina que no sabía muy bien cómo interpretar.
Poco a poco, mi sed sexual fue aumentando de tal manera que no podía evitar sentarme al lado de la puerta del baño cuando ella se duchaba e inspirar el vaho que salía de allí, mientras que por mi mente aparecían fugaces imágenes en las que me imaginaba cómo sería que nos besáramos, cómo sería liberar ese deseo hacia ella que me dominaba constantemente y me pedía a gritos, como una bestia encerrada en una jaula, salir al exterior.
Sandra era para mí una ventana abierta a un mundo completamente desconocido para mí. Nunca pensé que podía tener tal instinto animal hasta que me atreví a besarla.
Era un sábado por la tarde, acaba de terminar de fregar los platos cuando oí un ruido detrás de mí, a apenas unos centímetros de distancia. Me giré y me la encontré frente a mí, con media sonrisa en la cara, mirándome, entre excitada y divertida.
- Sé cómo me miras últimamente –fue lo que me dijo.
- ¿Cómo? –pregunté yo, con una voz sorprendentemente segura y seductora.
Me atrapó con los brazos y acercó su boca a la mía.
domingo, 18 de octubre de 2009
Elena se resiste a ser feliz.
No llores, es bueno soñar con él, aunque ya no esté.
Tranquila, respira hondo. ¿Ves? ¿No te sientes mejor?
En el salón está aquella botella de whisky que te regaló Sergio. Es un whisky caro, ¿sabes? De esos que se abren solamente para una ocasión especial. Pero bueno, consideremos que cualquier momento es especial, así que no te lo pienses y abre la botella.
También sé que escondes un pequeño secreto en una cajita que hay escondida en un cajón de la mesita del salón, la que tiene la lámpara y las fotos de papá y mamá.
¿Esas pastillas no las compraste tú, verdad? Ay, menos mal. Entonces son las que se dejó aquel chico que vino hace tres semanas, el amigo de Dan, ¿a que sí?
Pues he oído por ahí que mezclar alcohol y pastillas no es bueno. Dicen que tu cuerpo empieza a ir mal, que notas una sensación rarísima.
Pero, ¿qué haces? ¿Así, tres de golpe? No, no, Elena, eso no está bien. ¿Por qué lo has hecho? Claro, aprovechabas que estaba contándote los efectos para que no me diera cuenta. Hay que ver, Elena, eso no me ha gustado nada.
No bebas tanto. Ten cuidado. Con calma, la vida es demasiado larga. Saborea ese whisky.
Vaya cara que se te ha puesto. Estás más pálida de lo normal, y mira que tú eres pálida. Y vaya ojeras te han salido. Creo que sería mejor que llamaras a alguien por teléfono. ¿Me oyes?
No cierres los ojos, tú háblame. Mira, hasta Ches ha venido a ver qué te pasaba. Ya no sonríe, sabe que estás mal.
No te entiendo, Elena. Haces esto varias veces al mes sólo porque sabes que volverás a ver a Antonio, ahí tirada en el suelo, vomitando, entre tus delirios. Deberías contárselo a alguien.
Pero para sincerarme contigo, hoy te estás pasando. Mírate, parece que estás agonizando.
Esto cada vez va a peor, me estoy empezando a preocupar, Elena.
Te has librado, listilla. ¿Ya abres los ojos? Estás en una ambulancia. Has tenido la suerte de que Lucía dormía hoy en casa. El médico ha dicho que podrías haber muerto. No sabes cómo estabas… y mejor que todavía no te mires al espejo, porque tienes una cara…
Pero Elena, yo es que no consigo entender por qué no quieres pasar página.
¿Por qué no quieres ser feliz?
martes, 13 de octubre de 2009
La adrenalina de la Gran Depresión.

Tenía los labios como el carmín, y la mirada felina clavada en mí.
- ¿A usted no?
Era guapa, inteligente, una mujer de armas tomar. Sabía que, o tomaba las riendas de la conversación, o se apoderaría de mí.
- Mi querida señorita, parece que nos vamos entendiendo un poco mejor.
Tenía una mente tan bien ordenada, tan calculadora y atenta… Su ingenio junto con mis ambiciones, mis sueños, nos llevarían lejos. Lograría lo que siempre había soñado.
- Me llamo Bonnie Parker.
- Yo soy Clyde. Clyde Barrow.
lunes, 12 de octubre de 2009
Época agridulce.
Sí, esas en las que todo te sale bien, pero a tu alrededor ves que no todo es alegría.
Esas épocas en las que parece que el mundo se ha puesto de acuerdo para que te sientas bien, que no te preocupes por nada y que todo sea estupendo… Pero parece que les ha quitado ese sentimiento a unos pocos. Y eso no te gusta.
Has conocido gente nueva, has recibido noticias maravillosas y ese chico que ves todas las mañanas en el metro te reconoció por Gran Vía y no pudo evitar invitarte a tomar un café.
Estás feliz, eufórica. Sientes que nada en este mundo te puede impedir que hagas algo.
Y por otro lado, Dakota quiere irse de Madrid porque no aguanta más. Y Paula se replantea tener al bebé. Y Dan deja de tomar tazas de chocolate caliente y su aspecto cada vez es más frágil, y sus ojos azules de color cielo se ponen muy tristes y no puedes impedir que llore. Y Lucía piensa que tarde o temprano, Álex y ella volverán a aquella relación casi apagada.
Y tú entonces piensas: “¿Qué me pasa? ¿Por qué me siento tan llena pero tan vacía a la vez?”
¿Quieres saber qué es lo que pasa?
Es la magia de octubre.
lunes, 28 de septiembre de 2009
El brillo de los ojos de Dakota.
Cuando no iba a estudiar, cuando no trabajaba, cuando no iba a hacer una visita a su familia, iba a casa de Daniela, Sergio y Paula a ver películas.
Aquel día fui con ellos, y cuando la película terminó Dakota estaba tan llena de energía que la invité a casa a charlar, ya que últimamente no habíamos tenido tiempo.
Se sentó en el sofá negro, dio un trago a su zumo de piña y me sonrió.
- El hijo del jefe.
Yo di un sorbito al gintonic e hice sonar una sonora carcajada.
- ¡Lo sabía! ¿El moreno de pelo largo y rizado?
Dakota rió durante un buen rato mientras asentía.
Me contó lo típico: que si era una relación de amistad, profesional, que no salía de la cafetería y bla bla bla. Todo patrañas para no admitir que aquel chico la hacía reír como ningún otro desde hacía mucho tiempo.
Daba gusto ver que Dakota encontraba a alguien tan mágico como ella. Porque cuando alguien estaba con Dakota siempre tenía un brillo especial en los ojos, como de paz, como si encontrara solución a cualquier cosa. Como si todo fuera nada.
Y aquella vez en mucho tiempo era Dakota quien tenía ese brillo mágico en sus ojos.
martes, 22 de septiembre de 2009
Lucía olvidó volar.
Paula estaba radiante. Se lo había dicho a Javier y ambos estaban tan animados que contagiaban la alegría, y nos encantaba ver a Paula tan feliz.
Lucía, en cambio, estaba triste. No dio los motivos. No era por Paula, ni mucho menos. Algo le había pasado y no quería decirnos el qué.
Estaba tan triste que no había probado su cappuccino. Dakota se lo había preparado especialmente especial esa vez, muy dulce, con la nata casi perfecta, mucho sirope de chocolate y virutas de chocolate por encima.
Daniela la miraba con media sonrisa, esa que pone cuando sabe que algo no va bien y no hay nada que hacer hasta que ella no hable. Se limitaba a beber su taza de chocolate caliente y a mirarnos de hito en hito.
Dakota iba y venía, y cuando llegaba a la mesa, le daba un beso enorme a Lucía en la mejilla, y nos sonreía a todas, hasta darse cuenta de que todavía no habíamos dicho nada, y se iba a atender otras mesas.
Paula la cogía de la mano, y la dirigía hasta su tripita, y Lucía sonreía un poco más.
Por fin, nos miró y nos dijo:
- Se me está cayendo el mundo encima, chicas.
- Yo te lo sujeto, ¿quieres? –dijo Paula.
- Y yo te pinto uno nuevo, más bonito, de esos que no se caen nunca –le dije yo.
-Pues yo –dijo Dan- te voy a llevar a patinar por él. Y vamos a bajar tan rápido que vas a notar el aire fresquito que entra en tu boca, llena tus pulmones y te despeja mucho. Y vamos a reírnos de los que esperan, de los que se quedan sentados sin hacer nada. Y vamos a decirles que se tienen que poner unos patines y dejarse llevar.
Lucía nos miró una por una, y una lagrimita se escapó de un ojo y bajó por su mejilla intentando notar también el fresquito de ese aire maravilloso del que hablaba Daniela.
- ¿Haríais eso por mí? –nos preguntó.
-Mucho más que eso –dijo Paula-. Haríamos un mundo a tu medida, con todo lo que te guste de verdad. Con ríos de cappuccino, rampas para bajar con los patines y donde se pudiera volar siempre.
- ¿Podría volar? –preguntó sonriente.
- El problema es –le dije- que tú puedes volar perfectamente aquí, con nosotras. Pero se te ha olvidado cómo. Antes volabas tan alto que, cuando te veíamos, bajabas en picado sólo para recogernos y llevarnos cada vez más y más alto.
- Queremos que vuelvas a volar como antes, Lucía –dijo Dan-. Sin ti nos perdemos.
domingo, 20 de septiembre de 2009
Abuela peculiar.
Era un odio con cariño, un amor asqueado, una relación con desniveles que muchas veces nos hacía encontrarnos en situaciones la mar de peculiares.
Como cuando quiso arreglar ella sola la persiana de la habitación de papá y mamá y forcejeamos con la caja de herramientas.
O cuando ella me decía “inútil” y yo no paraba de reír a carcajada limpia, cosa que la sacaba de quicio, y mi padre nos castigaba a estar en habitaciones diferentes toda la tarde. Pero esto pasaba más cuando tenía trece años y pasaba por la etapa rebelde, aunque no fui un chico muy problemático.
Recuerdo que una vez salimos a cenar estando de vacaciones. Mi padre bajó del coche a comprar algún medicamento a la farmacia, y yo puse un CD de rock, y empezamos una tremenda discusión absurda sobre los grupos que ella escuchaba (que eran mejores, según ella) y que el rock and roll era una invención del diablo, y empezó a decirle a mi madre que debía tenerme encerrado y quitarme esa música infernal. Incluso habló de llamar al cura de su iglesia para hacerme un exorcismo…
La abuela y yo compartimos momentos memorables.
El que más me gusta, es el que me ocurrió hace poco más de un año, cuando acordamos gastarle a mi padre una broma pesada y ella se hizo pasar por muerta…
No os imagináis la grandiosa actuación que hizo la abuela, y lo mejor, cuando agarró a mi padre de los brazos y le gritó un simple “Bu”. Se rió tanto al ver la reacción de mi padre que se hizo pis encima… Y menos mal que yo acababa de ir al baño.
sábado, 19 de septiembre de 2009
Paula y Javier.
El primer día que se cruzó con Javier por el supermercado se quedó prendada de él. Alto, de espaldas anchas y brazos fuertes, de aspecto jovial, con el pelo rubio canoso, los ojos grises y los labios finos, con pocas arrugas que lo hacían muy atractivo, supo que aquel hombre era para ella desde el primer instante que lo vio.
Así que iba al supermercado todas las tardes esperando poder coincidir otra vez con él, deseosa de saber cómo se llamaba, cómo era su voz, su forma de mirar y de sonreír.
Hablaron varias veces hasta que él la invitó a tomar un café. Estaba divorciado y tenía un hijo de nueve años. Trabajaba en un despacho de abogados bastante conocido. Vivía solo, en un fantástico ático en el que se pasaba los fines de semana tocando el piano para sí mismo.
El día que la invitó a su casa, hicieron el amor de la manera más romántica que te puedas imaginar. Hablaron sobre cosas que les interesaban a ambos, vieron juntos el amanecer y se miraron como quien siente que debe hacer que algo efímero sea eterno.
Empezaron a salir. Paula, siempre sonriente, agradable, simpática, ahora además estaba radiante de felicidad. Javier, por su parte, había adquirido un brillo particular en los ojos, como si hubiese recuperado algo que había perdido hacía mucho tiempo, y estaba feliz.
Así que el otro día, cuando llegó a casa, Daniela vio que una expresión rara había aparecido en el rostro de Paula. Se lo comentó a Sergio, y ambos la abordaron a la hora de la cena.
- Estoy embarazada.
Silencio sepulcral.
- Y, viendo que no habláis, he de deciros que voy a tenerlo. No sé cómo me las apañaré, ni cómo se lo diré a Javier, pero hay que echarle un par de narices a esto.
Y más silencio.
Daniela miraba su ensalada, con los ojos como platos.
Sergio, en cambio, la miraba a los ojos.
Y ella, con el ceño fruncido, los miraba a ambos.
- ¿No vais a decir nada?
- Sí –dijo Sergio-. Que vas a ser la mejor mamá del mundo.
jueves, 17 de septiembre de 2009
Zumo de piña, capuccino y gintonic.

A Dakota le serví un zumo de piña, y a Lucía un cappuccino de caramelo bien caliente, como los que se pide en la cafetería donde trabaja Dakota, que le encantan.
Yo, en cambio, me hice un gintonic bien cargado.
Puse el disco de jazz que me regaló Dan por Navidad, y allí, al lado de la enorme ventana de mi salón, nos sentamos a ver llover, mientras Lucía nos contaba cómo le había ido en Estados Unidos… y quién fue a recogerla al aeropuerto.
Yo me alegré mucho de que Lucía estuviera tan contenta, y Dakota creo que aún más. Nos miraba con mucho cariño a las dos, con esos ojos casi amarillos y tiernos, mientras reíamos fuerte.
La verdad es que a Lucía la habíamos echado mucho de menos. Era un torrente de alegría, una fuente inagotable de vida que nos hacía sonreír aún cuando las cosas iban de mal en peor. Y volvía a estar con nosotras.
- Me encanta que llueva –dije de repente.
- A mí me pone triste –dijo Lucía.
- ¿Triste? –preguntó Dakota-. No, no, no. De tristeza nada. Bastante tenemos ya con el tiempo que hace. Yo creo que nos pone a prueba.
- ¿A prueba? –preguntamos Lucía y yo a la vez.
- Claro. Nos ve tristes y él se pone triste, porque lo que quiere es que lo alegremos.
- ¿Y quién está triste aquí?
- Me da que la señorita de los ojos claros.
- ¿Yo? –pregunté-. Estoy bien.
- Ya te dije que no me engañas. ¿Por qué no intentas enamorarte? Hace años que no tienes novio. Deberías lanzarte a la aventura y no cerrarte tanto.
- Eso es cierto –dijo Lucía cogiéndome de la mano-. Una historia de amor con final triste no tiene por qué cambiar tu forma de ver una relación. Además, has visto demasiadas películas con final triste, y creo que va llegando la hora de que vivas la tuya con final feliz.
Bebí un sorbito de mi gintonic y Ches apareció y se subió a la repisa de la ventana, sonriéndome como siempre. Le devolví la sonrisa a Ches, y miré a mis amigas.
- No me gusta buscar al amor. Él me encontrará a mí, si quiere.
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Sensaciones que resisten el paso de los años.
Pero David nunca es feliz del todo. Sabe que le falta algo, y cada vez más.
Le falta amor.
La última novia a la que David quiso de verdad fue en el instituto. Pero después ellas fueron cayendo rendidas a sus pies una a una, y su parte ingenua e infantil fue suprimida por la de egocéntrico y egoísta.
Aún así, cada vez que vuelve la vista atrás recuerda una mirada.
La recuerda a ella. Recuerda su nombre, su cara, su pequeña sonrisa y sus ojos chocando contra los suyos en un instante imperceptible. Era divertida, alegre y abierta, pero nunca lo fue con él. Había dado con una chica tímida.
Recuerda aquellos momentos de instituto en los que se cruzaba con ella por los pasillos, se sonreían y ella susurraba un “Hola” mientras sus mejillas marmóreas tornaban a escarlata.
Y nunca llegó a besarla. Nunca llegaron a quedar a tomar un helado, ni a dar un paseo por el parque. Nunca llegó a notar su piel a menos de diez centímetros de la suya. Y ambos sabían que algo ocurría entre ellos.
Pero lo que David no sabe es que ella todavía recuerda el primer instante en el que se miraron. Recuerda cuando él subía las escaleras y ella estaba sentada en un escalón, y miró hacia arriba y él la estaba mirando, y siguieron mirándose hasta que la interrumpieron para ir a la siguiente clase. Ella todavía sabe que alguna magia extraña recorrió el instituto aquel día.
martes, 15 de septiembre de 2009
Amor en el aeropuerto.
Álex fue a recogerla al aeropuerto, y cuando se vieron ocurrió algo como en las películas, cuando ella suelta las maletas, él su americana, y corren a abrazarse.
Cuando él intentó hablar y decirle lo mucho que la había echado de menos, lo que la necesitaba, que aquella ausencia suya había sido una muerte diaria, ella negó con la cabeza y lo hizo callar.
- Empecemos de cero. Todo se había perdido.
Álex se quedó cabizbajo y asintió.
- Aún así, quiero que sepas una cosa.
Cuando levantó la mirada, ella estaba allí, con sus profundos ojos negros mirándolo fijamente, sonriendo.
- He echado mucho de menos tomar un helado en la heladería del centro, esa a la que íbamos los domingos, y tomarme un enorme helado de chocolate y mirarte y ver cómo mirabas por la ventana con cara de sueño y luego me sonreías y me decías que no entendías por qué me gustaba tanto tomar helado en invierno.
- Nunca lo entendí.
Lucía rió y lo miró con ternura.
- Me encantaba que después de tomarme el helado me dieras un beso y así notar tus labios calientes sobre los míos, fríos. Para mí era la mejor forma de terminar la semana.
Álex la abrazó fuerte y estrechó sus manos.
- Te quiero mucho, Lucía. No te vayas nunca más.
lunes, 14 de septiembre de 2009
Noelia.
Tenía el pelo azabache, rizado y largo hasta la cintura. Los ojos eran también negros, miraban con tal sensualidad que pocas palabras más bastaban para seducir a un hombre. Sus labios, siempre rojos, nunca dibujaban una sonrisa, pero sabían besar con esa pasión que hace que en cuestión de segundos la temperatura de tu cuerpo aumente varios grados más. Tenía una estatura media y el cuerpo cual guitarra. Vestía de manera elegante por el día, y por la noche salía a cualquier bar en busca de una presa fácil para calmar su sed de sexo.
Aún así, yo creo que Noelia siempre se sintió sola.
Cuando coincidíamos en el ascensor, siempre me invitaba a tomar un café a su piso, pero como vivíamos puerta con puerta, siempre terminábamos en el mío tomando zumo de manzana y pastas.
Mezclado con un poquito de tequila.
Fumábamos un cigarro juntas en el salón y me contaba lo triste que era su vida. Siempre terminaba llorando amargamente, diciéndome que no estropeara mi veinte años, que supiese diferenciar lo verídico con lo falso, que no me engañara el primer hijo de puta que pasase por mi lado, que nadie se merecía lo que le habían hecho. Claro, que aquello nunca me lo quiso contar. Ella, a sus cuarenta y siete años, decía que no tenía nada que hacer con su vida. Que ya no tenía tiempo para formar una familia, que no podría volver a enamorarse y que simplemente se divertía y esperaba a que la muerte fuera a visitarla.
Por eso, cuando hoy la policía ha llamado a la puerta a las seis de la mañana, sabía que era algo relacionado con ella y no conmigo.
Una camilla se llevaba a Noelia casi muerta. Se había tomado una caja entera de pastillas, pero el amante de aquella noche se había despertado justo cuando perdía el conocimiento.
Noelia había pensado que lo mejor sería ahorrar tiempo y sufrimiento y provocar ella misma su muerte fatal.
domingo, 13 de septiembre de 2009
El novio de una sola noche.
Aquel día todo le salía mal. Se sentía triste, vacía, sola.
Ella nunca recurría a sus amigas cuando no se encontraba bien. Por el contrario, esperaba a que todo pasara y después poder verlas con una sonrisa radiante que decía claramente: “He vencido a mi pesimismo otra vez”.
Pero ella no soportó quedarse sola en casa más de media hora. Salió a dar un paseo, fue a ver a los artistas callejeros y les dio a todos algo de dinero. Fue a tomarse un café a la cafetería en la que Dakota trabajaba por las tardes, y, como estaba casi vacía, pudieron charlar tranquilamente.
- A mí no me engañas –le dijo-. Estás rara. ¿Ha pasado algo?
- No. Eso es lo que pasa: que no pasa nada.
- ¿Cuál es el problema entonces?
- Que hoy me he sentido sola nada más levantarme. Vale que ahora tenga a Ches, pero aún así, necesito mimos.
- Así que has cedido y has decidido enamorarte.
- No lo has entendido. Sólo digo que en este momento necesito a alguien conmigo, que me coja de la mano y me diga “Estoy aquí”.
La cafetería se fue llenando de gente, y pensó que quizás le venía bien dar otro paseo. Pero entonces se le ocurrió ir a ver a la única persona que ella sabía que iba a comprenderla en aquel momento.
Después de un trayecto eterno en metro y en autobús en el que se le escaparon un par de lágrimas, llegó al centro de la ciudad.
El portero le abrió la puerta y le dedicó una sonrisa. Ella subió al ascensor y marcó el número 6. Cuando llegó a la sexta planta, llamó con los nudillos a la puerta que arriba tenía una B.
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Alberto abrió y la miró, sorprendido.
- ¿Qué haces aquí?
- No lo sé. Estoy triste.
- Anda... pasa.
Él a veces bromeaba con ella para que se enfadase como una niña pequeña, cuando se ponía de morros y se iba a dar una vuelta a la manzana y volvía como si nada. A veces le gustaba llamarla para dar un paseo por el parque y que se parase a mirar todas y cada una de las cosas que le llamaban la atención. Le gustaba cómo quitaba importancia a los problemas. Estar con ella era como volver a tener ocho años.
Elena se sentó en el sofá de aquel piso enorme, y Alberto le sirvió un vaso de agua. Sabía que había pasado algo, que su amiga estaba de capa caída y debía haber algún motivo, que tenía que tratarla bien porque lo último que quería era que se hundiera otra vez.
- ¿Qué ha pasado?
Ella meneó la cabeza y suspiró.
- Me ha dado un bajón. Necesitaba estar con alguien.
- Ven aquí.
Se fundieron en un abrazo interminable en el que ella no pudo evitar desahogarse y llorar.
Entonces se miraron.
- Alberto…
- Dime, pequeña.
- ¿Quieres ser mi novio esta noche?
Él frunció el ceño y la miró divertido.
- ¿Esta noche?
- Sí –afirmó, secándose las lágrimas y quitando hierro al asunto-. Si no te importa, claro. Creo que quiero hacer cosas de novios contigo. Cenar, ver una película y esas cosas. Pero como novios. Y sólo esta noche.
Entonces él, que aún no se creía que aquello estuviese pasando de verdad, le acarició la mejilla sin borrar esa sonrisa traviesa de su cara. Asintió y ella rió, y poco a poco se fueron acercando, notando el aire que salía de sus pulmones que se juntaba y se esfumaba a la vez. Y sus labios se juntaron y comenzaron a besarse lentamente. Cada milésima de segundo era importante en aquel momento.
Aquello casi se les escapa de las manos pero, cuando ella desabrochaba el segundo botón de la camisa de Alberto, se miraron a los ojos.
- Creo –dijo Alberto-, que no estaría mal cenar ahora.
Elena volvió a reír y prepararon la cena: una ensalada, unos espaguetis y helado de vainilla de postre. Vieron una película de suspense que resultó ser muy aburrida, y Alberto sacó un ajedrez.
A mitad de la partida él llevaba todas las de perder. Cuando Elena acabó con la dama gracias a un mísero peón, él tiró el rey, se acercó a ella un poco más y le susurró al oído:
- Creo que prefiero rendirme: son las cuatro de la mañana y me muero de ganas de hacerte el amor.
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La luz entraba por las rendijas de las persianas de una habitación ajena.
Elena se despertó, abrazada al cuerpo desnudo de Alberto, que la miraba con media sonrisa. Ella también sonrió, se estiró y lo abrazó un poquito más. Creo que por un momento, deseó que no hubiese terminado aquella noche que quedaba atrás.
Cuando hubieron pasado cinco minutos sin decir ni una palabra, ella se levantó y se sentó al borde de la cama.
- He tenido un sueño muy raro, ¿sabes?
- ¿Cuál? –preguntó él divertido.
- Éramos novios por una noche, ¿te imaginas?
- Imposible. Soy diabético.
- ¿Y qué me quieres decir con eso?
- Que lo nuestro no funcionaría, muñeca.
Elena se quedó mirándolo extrañada, y él soltó una tremenda carcajada que derivó a una pelea de almohadas que los tuvo toda la mañana ocupados.
jueves, 10 de septiembre de 2009
Mi propio gato de Cheshire.
Ha llegado a casa con una caja en la que había un gato gris perla, que además llevaba una bolsa de tela blanca como la nieve.
El gato, que ya era mayor, se lo ha regalado a Carlota, que se ha puesto loca de contenta y se lo ha llevado a su habitación, donde han estado jugando toda la tarde.
Yo no hacía más que preguntarme qué habría en esa bolsa de tela blanca, y en cuanto Carlota se ha llevado a Gris (que así ha llamado al gato), mamá me ha dicho que abriera la bolsa.
En la bolsa, dormiditos, había tres gatitos gris perla tan pequeños que cabían en la palma de mi mano.
- Los he encontrado en la calle a los cuatro. No sé qué hacer con ellos -me ha dicho.
De repente, uno se ha despertado y me ha mirado y me ha sonreído. Lo he cogido y le he sonreído yo también, y me ha lamido la mejilla.
- Uno se lo daré a Dakota. El que está durmiendo con el ceño fruncido, porque parece que está preocupado, como ella, que siempre está preocupada por los que estamos a su alrededor. El otro se lo daré a Sergio, a Paula y a Dan, porque aunque estén viviendo juntos los veo un poco solos. Y este me lo voy a quedar yo, porque siempre he querido tener conmigo al gato de Cheshire.
Y Ches me ha mirado y me ha vuelto a sonreír.
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Mensajes desde Holanda.
Pero aquel día, Dan estaba demasiado seria.
Cuando nos sentamos, la camarera vino a preguntar qué queríamos. Y yo, como sé cómo es Dan cuando está triste, pedí aquellas jarras enormes de chocolate caliente, esas que tanto le gustan.
Nos sentamos al lado de la ventana grande, esa que a mí me gusta tanto porque puedes ver cómo la gente va y viene e inventar historias en tu mente sobre cada una de esas personas.
Esta vez no había nadie por la calle. Era noviembre, hacía mucho frío y llovía.
Dan tenía los ojos fijos en el chocolate y media sonrisa en la cara, como si la estuvieran obligando a sonreír.
Yo no apartaba la vista de ella, esperando a que se despertara y empezara a hablar.
Pero viendo que no haría nada de eso, me decidí a preguntarle.
- Daniela, ¿qué te pasa?
Ella me miró. Sus ojos eran tan azules que llegué a pensar que el cielo se había quitado un poco de azul para dárselo a ella. Deberían estar alegres, como está el cielo cuando no hay nubes, pero esta vez en el cielo de los ojos de Dan amenazaba con llover.
- Hoy he vuelto a hablar con Miguel.
Entonces comprendí todo. Aquello no había sido nada bueno para Dan.
- Ha vuelto a ser como antes. Pero, ¿sabes? No quiero volver a pasar lo que pasé antes. No por un chico que apenas...
- ... que apenas conoces, que ves poco, que es mucho más mayor que tú, que toca en un grupo de rock y, sobre todo, que ya te demostró que no va a hacerte feliz -la seguí-. Aprendiste bien lo que te dije.
- ¡Por eso mismo! Lo que pasa es que aún recuerdo las cosas buenas, y las malas dejan de existir. Por ejemplo, aquel viaje que hizo con sus amigos. Me mandaba mensajes desde Holanda. Me contaba cómo era aquello, lo que hacía, lo que veía, lo que le gustaba y lo que no, lo que...
- ¿Sabes qué, Dan? Olvídate de él. Si hace falta, yo te mandaré mensajes desde Holanda.
domingo, 9 de agosto de 2009
"cuánto quería Luis a María..."
Entonces, me contó una historia de amor llena de obstáculos, risas, desgracias y alegrías... terminada en tragedia con la muerte de él.
Se llamaba Luis.
No había conseguido superar un cáncer que poco a poco se lo fue comiendo por dentro.
María, su mujer, había superado un cáncer hacía unos años. Él sufrió mucho, mi madre me contó que lloraba muchísimo porque no quería perderla.
Y entonces, a la media hora, en la carretera desierta bañada por el calor de agosto, suspiró y la miré. Volvía a llorar.
- Cuánto quería Luis a María...
Y entonces, sin poderlo evitar, me puse a llorar amargamente.
Intenté que ella no me viera, nunca me ha gustado que mamá me viese llorar.
Puso música, pero cualquier CD que contase alguna historia de amor era un amargo castigo en mi interior. Un nudo se acumulaba en mi garganta, intentaba que no brotaran más lágrimas de mis ojos pero me fue imposible.
Mi madre me miró, y me tomó de la mano.
- No sabía que fueses tan llorona...
