viernes, 20 de noviembre de 2009

Ser idealista juega malas pasadas.


Se miraron fijamente durante largo rato, y la habitación empezó a caldearse. Ninguno de los dos quería apartar la mirada del otro, haciendo que cualquier prejuicio o pensamiento se esfumara, siendo ambos marionetas del deseo.
Luego ella sonrió, y sus ojos reflejaban el fuego que pronto descargaría. Él no consiguió evitar mostrar sorpresa en su rostro al ver tanta pasión en una mirada.
Y entonces, él le pasó sensualmente la mano por la pierna y ella se acercó a él un poco más. Despacio, con movimientos felinos y lentos, se dejó desnudar por unas manos tan expertas que aumentaban el calor y...

- Vale, vale, ¡ya vale! –gritó Marta, levantándose de la mesa y yendo hacia la ventana mientras se encendía un cigarrillo-. ¿Quieres que me ponga cachonda aquí, sin poder ponerle remedio?
Lola rió fuerte.
- Entonces, ¿qué? ¿Te presto este minirrelato? ¿Te parece interesante?
- Más que interesante, me parece un martirio para las que no podemos echar un polvo en condiciones y leamos estas cosas.
- Siempre puedes hacerlo tú sola.
Marta la miró incómoda.
- Es fácil decirlo, pero horrible intentarlo. Sola no tiene gracia.
- Lo sé, cielo.
Lola guardó los papeles en la carpeta de color verde, y miró a Marta.
Tenía la mirada perdida en el cielo azul de aquella mañana de diciembre. Siempre pareció ser una chica dura, ajena a los sentimientos que implicaban a otra persona del sexo opuesto. Se encerró tanto en sí misma que ya ningún hombre le parecía lo suficientemente bueno para ella.
Lola no la entendía. Había mucha gente en el mundo que merecía la pena. Para ella, Marta era la típica princesita que no había encontrado aún a su príncipe.
Lo que Marta no sabía, era que muchos sapos son más príncipes que los de los cuentos de hadas.

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