
Dakota y Lucía vinieron a verme el otro día.
A Dakota le serví un zumo de piña, y a Lucía un cappuccino de caramelo bien caliente, como los que se pide en la cafetería donde trabaja Dakota, que le encantan.
Yo, en cambio, me hice un gintonic bien cargado.
Puse el disco de jazz que me regaló Dan por Navidad, y allí, al lado de la enorme ventana de mi salón, nos sentamos a ver llover, mientras Lucía nos contaba cómo le había ido en Estados Unidos… y quién fue a recogerla al aeropuerto.
Yo me alegré mucho de que Lucía estuviera tan contenta, y Dakota creo que aún más. Nos miraba con mucho cariño a las dos, con esos ojos casi amarillos y tiernos, mientras reíamos fuerte.
La verdad es que a Lucía la habíamos echado mucho de menos. Era un torrente de alegría, una fuente inagotable de vida que nos hacía sonreír aún cuando las cosas iban de mal en peor. Y volvía a estar con nosotras.
- Me encanta que llueva –dije de repente.
- A mí me pone triste –dijo Lucía.
- ¿Triste? –preguntó Dakota-. No, no, no. De tristeza nada. Bastante tenemos ya con el tiempo que hace. Yo creo que nos pone a prueba.
- ¿A prueba? –preguntamos Lucía y yo a la vez.
- Claro. Nos ve tristes y él se pone triste, porque lo que quiere es que lo alegremos.
- ¿Y quién está triste aquí?
- Me da que la señorita de los ojos claros.
- ¿Yo? –pregunté-. Estoy bien.
- Ya te dije que no me engañas. ¿Por qué no intentas enamorarte? Hace años que no tienes novio. Deberías lanzarte a la aventura y no cerrarte tanto.
- Eso es cierto –dijo Lucía cogiéndome de la mano-. Una historia de amor con final triste no tiene por qué cambiar tu forma de ver una relación. Además, has visto demasiadas películas con final triste, y creo que va llegando la hora de que vivas la tuya con final feliz.
Bebí un sorbito de mi gintonic y Ches apareció y se subió a la repisa de la ventana, sonriéndome como siempre. Le devolví la sonrisa a Ches, y miré a mis amigas.
- No me gusta buscar al amor. Él me encontrará a mí, si quiere.
A Dakota le serví un zumo de piña, y a Lucía un cappuccino de caramelo bien caliente, como los que se pide en la cafetería donde trabaja Dakota, que le encantan.
Yo, en cambio, me hice un gintonic bien cargado.
Puse el disco de jazz que me regaló Dan por Navidad, y allí, al lado de la enorme ventana de mi salón, nos sentamos a ver llover, mientras Lucía nos contaba cómo le había ido en Estados Unidos… y quién fue a recogerla al aeropuerto.
Yo me alegré mucho de que Lucía estuviera tan contenta, y Dakota creo que aún más. Nos miraba con mucho cariño a las dos, con esos ojos casi amarillos y tiernos, mientras reíamos fuerte.
La verdad es que a Lucía la habíamos echado mucho de menos. Era un torrente de alegría, una fuente inagotable de vida que nos hacía sonreír aún cuando las cosas iban de mal en peor. Y volvía a estar con nosotras.
- Me encanta que llueva –dije de repente.
- A mí me pone triste –dijo Lucía.
- ¿Triste? –preguntó Dakota-. No, no, no. De tristeza nada. Bastante tenemos ya con el tiempo que hace. Yo creo que nos pone a prueba.
- ¿A prueba? –preguntamos Lucía y yo a la vez.
- Claro. Nos ve tristes y él se pone triste, porque lo que quiere es que lo alegremos.
- ¿Y quién está triste aquí?
- Me da que la señorita de los ojos claros.
- ¿Yo? –pregunté-. Estoy bien.
- Ya te dije que no me engañas. ¿Por qué no intentas enamorarte? Hace años que no tienes novio. Deberías lanzarte a la aventura y no cerrarte tanto.
- Eso es cierto –dijo Lucía cogiéndome de la mano-. Una historia de amor con final triste no tiene por qué cambiar tu forma de ver una relación. Además, has visto demasiadas películas con final triste, y creo que va llegando la hora de que vivas la tuya con final feliz.
Bebí un sorbito de mi gintonic y Ches apareció y se subió a la repisa de la ventana, sonriéndome como siempre. Le devolví la sonrisa a Ches, y miré a mis amigas.
- No me gusta buscar al amor. Él me encontrará a mí, si quiere.

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