Era tarde, pero yo había quedado con Dan para tomar algo rápido, ponernos un poco al día y, quién sabe, quizás ella podía deshacer el nudo que tenía en la garganta por ninguna razón en concreto.
Pero aquel día, Dan estaba demasiado seria.
Cuando nos sentamos, la camarera vino a preguntar qué queríamos. Y yo, como sé cómo es Dan cuando está triste, pedí aquellas jarras enormes de chocolate caliente, esas que tanto le gustan.
Nos sentamos al lado de la ventana grande, esa que a mí me gusta tanto porque puedes ver cómo la gente va y viene e inventar historias en tu mente sobre cada una de esas personas.
Esta vez no había nadie por la calle. Era noviembre, hacía mucho frío y llovía.
Dan tenía los ojos fijos en el chocolate y media sonrisa en la cara, como si la estuvieran obligando a sonreír.
Yo no apartaba la vista de ella, esperando a que se despertara y empezara a hablar.
Pero viendo que no haría nada de eso, me decidí a preguntarle.
- Daniela, ¿qué te pasa?
Ella me miró. Sus ojos eran tan azules que llegué a pensar que el cielo se había quitado un poco de azul para dárselo a ella. Deberían estar alegres, como está el cielo cuando no hay nubes, pero esta vez en el cielo de los ojos de Dan amenazaba con llover.
- Hoy he vuelto a hablar con Miguel.
Entonces comprendí todo. Aquello no había sido nada bueno para Dan.
- Ha vuelto a ser como antes. Pero, ¿sabes? No quiero volver a pasar lo que pasé antes. No por un chico que apenas...
- ... que apenas conoces, que ves poco, que es mucho más mayor que tú, que toca en un grupo de rock y, sobre todo, que ya te demostró que no va a hacerte feliz -la seguí-. Aprendiste bien lo que te dije.
- ¡Por eso mismo! Lo que pasa es que aún recuerdo las cosas buenas, y las malas dejan de existir. Por ejemplo, aquel viaje que hizo con sus amigos. Me mandaba mensajes desde Holanda. Me contaba cómo era aquello, lo que hacía, lo que veía, lo que le gustaba y lo que no, lo que...
- ¿Sabes qué, Dan? Olvídate de él. Si hace falta, yo te mandaré mensajes desde Holanda.
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