Después de la sensación agridulce que nos provocó el embarazo de Paula, fuimos a la cafetería en la que trabaja Dakota.
Paula estaba radiante. Se lo había dicho a Javier y ambos estaban tan animados que contagiaban la alegría, y nos encantaba ver a Paula tan feliz.
Lucía, en cambio, estaba triste. No dio los motivos. No era por Paula, ni mucho menos. Algo le había pasado y no quería decirnos el qué.
Estaba tan triste que no había probado su cappuccino. Dakota se lo había preparado especialmente especial esa vez, muy dulce, con la nata casi perfecta, mucho sirope de chocolate y virutas de chocolate por encima.
Daniela la miraba con media sonrisa, esa que pone cuando sabe que algo no va bien y no hay nada que hacer hasta que ella no hable. Se limitaba a beber su taza de chocolate caliente y a mirarnos de hito en hito.
Dakota iba y venía, y cuando llegaba a la mesa, le daba un beso enorme a Lucía en la mejilla, y nos sonreía a todas, hasta darse cuenta de que todavía no habíamos dicho nada, y se iba a atender otras mesas.
Paula la cogía de la mano, y la dirigía hasta su tripita, y Lucía sonreía un poco más.
Por fin, nos miró y nos dijo:
- Se me está cayendo el mundo encima, chicas.
- Yo te lo sujeto, ¿quieres? –dijo Paula.
- Y yo te pinto uno nuevo, más bonito, de esos que no se caen nunca –le dije yo.
-Pues yo –dijo Dan- te voy a llevar a patinar por él. Y vamos a bajar tan rápido que vas a notar el aire fresquito que entra en tu boca, llena tus pulmones y te despeja mucho. Y vamos a reírnos de los que esperan, de los que se quedan sentados sin hacer nada. Y vamos a decirles que se tienen que poner unos patines y dejarse llevar.
Lucía nos miró una por una, y una lagrimita se escapó de un ojo y bajó por su mejilla intentando notar también el fresquito de ese aire maravilloso del que hablaba Daniela.
- ¿Haríais eso por mí? –nos preguntó.
-Mucho más que eso –dijo Paula-. Haríamos un mundo a tu medida, con todo lo que te guste de verdad. Con ríos de cappuccino, rampas para bajar con los patines y donde se pudiera volar siempre.
- ¿Podría volar? –preguntó sonriente.
- El problema es –le dije- que tú puedes volar perfectamente aquí, con nosotras. Pero se te ha olvidado cómo. Antes volabas tan alto que, cuando te veíamos, bajabas en picado sólo para recogernos y llevarnos cada vez más y más alto.
- Queremos que vuelvas a volar como antes, Lucía –dijo Dan-. Sin ti nos perdemos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

Te basas en alguna clase de experienca personal para escribir estas minihistorias?
ResponderEliminarLas escribes del tirón?
cada historieta tiene un poquito de aquí y de allá, cosas del día a día.
ResponderEliminarLas escribo del tirón, sí señor :D