lunes, 28 de septiembre de 2009
El brillo de los ojos de Dakota.
Cuando no iba a estudiar, cuando no trabajaba, cuando no iba a hacer una visita a su familia, iba a casa de Daniela, Sergio y Paula a ver películas.
Aquel día fui con ellos, y cuando la película terminó Dakota estaba tan llena de energía que la invité a casa a charlar, ya que últimamente no habíamos tenido tiempo.
Se sentó en el sofá negro, dio un trago a su zumo de piña y me sonrió.
- El hijo del jefe.
Yo di un sorbito al gintonic e hice sonar una sonora carcajada.
- ¡Lo sabía! ¿El moreno de pelo largo y rizado?
Dakota rió durante un buen rato mientras asentía.
Me contó lo típico: que si era una relación de amistad, profesional, que no salía de la cafetería y bla bla bla. Todo patrañas para no admitir que aquel chico la hacía reír como ningún otro desde hacía mucho tiempo.
Daba gusto ver que Dakota encontraba a alguien tan mágico como ella. Porque cuando alguien estaba con Dakota siempre tenía un brillo especial en los ojos, como de paz, como si encontrara solución a cualquier cosa. Como si todo fuera nada.
Y aquella vez en mucho tiempo era Dakota quien tenía ese brillo mágico en sus ojos.
martes, 22 de septiembre de 2009
Lucía olvidó volar.
Paula estaba radiante. Se lo había dicho a Javier y ambos estaban tan animados que contagiaban la alegría, y nos encantaba ver a Paula tan feliz.
Lucía, en cambio, estaba triste. No dio los motivos. No era por Paula, ni mucho menos. Algo le había pasado y no quería decirnos el qué.
Estaba tan triste que no había probado su cappuccino. Dakota se lo había preparado especialmente especial esa vez, muy dulce, con la nata casi perfecta, mucho sirope de chocolate y virutas de chocolate por encima.
Daniela la miraba con media sonrisa, esa que pone cuando sabe que algo no va bien y no hay nada que hacer hasta que ella no hable. Se limitaba a beber su taza de chocolate caliente y a mirarnos de hito en hito.
Dakota iba y venía, y cuando llegaba a la mesa, le daba un beso enorme a Lucía en la mejilla, y nos sonreía a todas, hasta darse cuenta de que todavía no habíamos dicho nada, y se iba a atender otras mesas.
Paula la cogía de la mano, y la dirigía hasta su tripita, y Lucía sonreía un poco más.
Por fin, nos miró y nos dijo:
- Se me está cayendo el mundo encima, chicas.
- Yo te lo sujeto, ¿quieres? –dijo Paula.
- Y yo te pinto uno nuevo, más bonito, de esos que no se caen nunca –le dije yo.
-Pues yo –dijo Dan- te voy a llevar a patinar por él. Y vamos a bajar tan rápido que vas a notar el aire fresquito que entra en tu boca, llena tus pulmones y te despeja mucho. Y vamos a reírnos de los que esperan, de los que se quedan sentados sin hacer nada. Y vamos a decirles que se tienen que poner unos patines y dejarse llevar.
Lucía nos miró una por una, y una lagrimita se escapó de un ojo y bajó por su mejilla intentando notar también el fresquito de ese aire maravilloso del que hablaba Daniela.
- ¿Haríais eso por mí? –nos preguntó.
-Mucho más que eso –dijo Paula-. Haríamos un mundo a tu medida, con todo lo que te guste de verdad. Con ríos de cappuccino, rampas para bajar con los patines y donde se pudiera volar siempre.
- ¿Podría volar? –preguntó sonriente.
- El problema es –le dije- que tú puedes volar perfectamente aquí, con nosotras. Pero se te ha olvidado cómo. Antes volabas tan alto que, cuando te veíamos, bajabas en picado sólo para recogernos y llevarnos cada vez más y más alto.
- Queremos que vuelvas a volar como antes, Lucía –dijo Dan-. Sin ti nos perdemos.
domingo, 20 de septiembre de 2009
Abuela peculiar.
Era un odio con cariño, un amor asqueado, una relación con desniveles que muchas veces nos hacía encontrarnos en situaciones la mar de peculiares.
Como cuando quiso arreglar ella sola la persiana de la habitación de papá y mamá y forcejeamos con la caja de herramientas.
O cuando ella me decía “inútil” y yo no paraba de reír a carcajada limpia, cosa que la sacaba de quicio, y mi padre nos castigaba a estar en habitaciones diferentes toda la tarde. Pero esto pasaba más cuando tenía trece años y pasaba por la etapa rebelde, aunque no fui un chico muy problemático.
Recuerdo que una vez salimos a cenar estando de vacaciones. Mi padre bajó del coche a comprar algún medicamento a la farmacia, y yo puse un CD de rock, y empezamos una tremenda discusión absurda sobre los grupos que ella escuchaba (que eran mejores, según ella) y que el rock and roll era una invención del diablo, y empezó a decirle a mi madre que debía tenerme encerrado y quitarme esa música infernal. Incluso habló de llamar al cura de su iglesia para hacerme un exorcismo…
La abuela y yo compartimos momentos memorables.
El que más me gusta, es el que me ocurrió hace poco más de un año, cuando acordamos gastarle a mi padre una broma pesada y ella se hizo pasar por muerta…
No os imagináis la grandiosa actuación que hizo la abuela, y lo mejor, cuando agarró a mi padre de los brazos y le gritó un simple “Bu”. Se rió tanto al ver la reacción de mi padre que se hizo pis encima… Y menos mal que yo acababa de ir al baño.
sábado, 19 de septiembre de 2009
Paula y Javier.
El primer día que se cruzó con Javier por el supermercado se quedó prendada de él. Alto, de espaldas anchas y brazos fuertes, de aspecto jovial, con el pelo rubio canoso, los ojos grises y los labios finos, con pocas arrugas que lo hacían muy atractivo, supo que aquel hombre era para ella desde el primer instante que lo vio.
Así que iba al supermercado todas las tardes esperando poder coincidir otra vez con él, deseosa de saber cómo se llamaba, cómo era su voz, su forma de mirar y de sonreír.
Hablaron varias veces hasta que él la invitó a tomar un café. Estaba divorciado y tenía un hijo de nueve años. Trabajaba en un despacho de abogados bastante conocido. Vivía solo, en un fantástico ático en el que se pasaba los fines de semana tocando el piano para sí mismo.
El día que la invitó a su casa, hicieron el amor de la manera más romántica que te puedas imaginar. Hablaron sobre cosas que les interesaban a ambos, vieron juntos el amanecer y se miraron como quien siente que debe hacer que algo efímero sea eterno.
Empezaron a salir. Paula, siempre sonriente, agradable, simpática, ahora además estaba radiante de felicidad. Javier, por su parte, había adquirido un brillo particular en los ojos, como si hubiese recuperado algo que había perdido hacía mucho tiempo, y estaba feliz.
Así que el otro día, cuando llegó a casa, Daniela vio que una expresión rara había aparecido en el rostro de Paula. Se lo comentó a Sergio, y ambos la abordaron a la hora de la cena.
- Estoy embarazada.
Silencio sepulcral.
- Y, viendo que no habláis, he de deciros que voy a tenerlo. No sé cómo me las apañaré, ni cómo se lo diré a Javier, pero hay que echarle un par de narices a esto.
Y más silencio.
Daniela miraba su ensalada, con los ojos como platos.
Sergio, en cambio, la miraba a los ojos.
Y ella, con el ceño fruncido, los miraba a ambos.
- ¿No vais a decir nada?
- Sí –dijo Sergio-. Que vas a ser la mejor mamá del mundo.
jueves, 17 de septiembre de 2009
Zumo de piña, capuccino y gintonic.

A Dakota le serví un zumo de piña, y a Lucía un cappuccino de caramelo bien caliente, como los que se pide en la cafetería donde trabaja Dakota, que le encantan.
Yo, en cambio, me hice un gintonic bien cargado.
Puse el disco de jazz que me regaló Dan por Navidad, y allí, al lado de la enorme ventana de mi salón, nos sentamos a ver llover, mientras Lucía nos contaba cómo le había ido en Estados Unidos… y quién fue a recogerla al aeropuerto.
Yo me alegré mucho de que Lucía estuviera tan contenta, y Dakota creo que aún más. Nos miraba con mucho cariño a las dos, con esos ojos casi amarillos y tiernos, mientras reíamos fuerte.
La verdad es que a Lucía la habíamos echado mucho de menos. Era un torrente de alegría, una fuente inagotable de vida que nos hacía sonreír aún cuando las cosas iban de mal en peor. Y volvía a estar con nosotras.
- Me encanta que llueva –dije de repente.
- A mí me pone triste –dijo Lucía.
- ¿Triste? –preguntó Dakota-. No, no, no. De tristeza nada. Bastante tenemos ya con el tiempo que hace. Yo creo que nos pone a prueba.
- ¿A prueba? –preguntamos Lucía y yo a la vez.
- Claro. Nos ve tristes y él se pone triste, porque lo que quiere es que lo alegremos.
- ¿Y quién está triste aquí?
- Me da que la señorita de los ojos claros.
- ¿Yo? –pregunté-. Estoy bien.
- Ya te dije que no me engañas. ¿Por qué no intentas enamorarte? Hace años que no tienes novio. Deberías lanzarte a la aventura y no cerrarte tanto.
- Eso es cierto –dijo Lucía cogiéndome de la mano-. Una historia de amor con final triste no tiene por qué cambiar tu forma de ver una relación. Además, has visto demasiadas películas con final triste, y creo que va llegando la hora de que vivas la tuya con final feliz.
Bebí un sorbito de mi gintonic y Ches apareció y se subió a la repisa de la ventana, sonriéndome como siempre. Le devolví la sonrisa a Ches, y miré a mis amigas.
- No me gusta buscar al amor. Él me encontrará a mí, si quiere.
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Sensaciones que resisten el paso de los años.
Pero David nunca es feliz del todo. Sabe que le falta algo, y cada vez más.
Le falta amor.
La última novia a la que David quiso de verdad fue en el instituto. Pero después ellas fueron cayendo rendidas a sus pies una a una, y su parte ingenua e infantil fue suprimida por la de egocéntrico y egoísta.
Aún así, cada vez que vuelve la vista atrás recuerda una mirada.
La recuerda a ella. Recuerda su nombre, su cara, su pequeña sonrisa y sus ojos chocando contra los suyos en un instante imperceptible. Era divertida, alegre y abierta, pero nunca lo fue con él. Había dado con una chica tímida.
Recuerda aquellos momentos de instituto en los que se cruzaba con ella por los pasillos, se sonreían y ella susurraba un “Hola” mientras sus mejillas marmóreas tornaban a escarlata.
Y nunca llegó a besarla. Nunca llegaron a quedar a tomar un helado, ni a dar un paseo por el parque. Nunca llegó a notar su piel a menos de diez centímetros de la suya. Y ambos sabían que algo ocurría entre ellos.
Pero lo que David no sabe es que ella todavía recuerda el primer instante en el que se miraron. Recuerda cuando él subía las escaleras y ella estaba sentada en un escalón, y miró hacia arriba y él la estaba mirando, y siguieron mirándose hasta que la interrumpieron para ir a la siguiente clase. Ella todavía sabe que alguna magia extraña recorrió el instituto aquel día.
martes, 15 de septiembre de 2009
Amor en el aeropuerto.
Álex fue a recogerla al aeropuerto, y cuando se vieron ocurrió algo como en las películas, cuando ella suelta las maletas, él su americana, y corren a abrazarse.
Cuando él intentó hablar y decirle lo mucho que la había echado de menos, lo que la necesitaba, que aquella ausencia suya había sido una muerte diaria, ella negó con la cabeza y lo hizo callar.
- Empecemos de cero. Todo se había perdido.
Álex se quedó cabizbajo y asintió.
- Aún así, quiero que sepas una cosa.
Cuando levantó la mirada, ella estaba allí, con sus profundos ojos negros mirándolo fijamente, sonriendo.
- He echado mucho de menos tomar un helado en la heladería del centro, esa a la que íbamos los domingos, y tomarme un enorme helado de chocolate y mirarte y ver cómo mirabas por la ventana con cara de sueño y luego me sonreías y me decías que no entendías por qué me gustaba tanto tomar helado en invierno.
- Nunca lo entendí.
Lucía rió y lo miró con ternura.
- Me encantaba que después de tomarme el helado me dieras un beso y así notar tus labios calientes sobre los míos, fríos. Para mí era la mejor forma de terminar la semana.
Álex la abrazó fuerte y estrechó sus manos.
- Te quiero mucho, Lucía. No te vayas nunca más.
lunes, 14 de septiembre de 2009
Noelia.
Tenía el pelo azabache, rizado y largo hasta la cintura. Los ojos eran también negros, miraban con tal sensualidad que pocas palabras más bastaban para seducir a un hombre. Sus labios, siempre rojos, nunca dibujaban una sonrisa, pero sabían besar con esa pasión que hace que en cuestión de segundos la temperatura de tu cuerpo aumente varios grados más. Tenía una estatura media y el cuerpo cual guitarra. Vestía de manera elegante por el día, y por la noche salía a cualquier bar en busca de una presa fácil para calmar su sed de sexo.
Aún así, yo creo que Noelia siempre se sintió sola.
Cuando coincidíamos en el ascensor, siempre me invitaba a tomar un café a su piso, pero como vivíamos puerta con puerta, siempre terminábamos en el mío tomando zumo de manzana y pastas.
Mezclado con un poquito de tequila.
Fumábamos un cigarro juntas en el salón y me contaba lo triste que era su vida. Siempre terminaba llorando amargamente, diciéndome que no estropeara mi veinte años, que supiese diferenciar lo verídico con lo falso, que no me engañara el primer hijo de puta que pasase por mi lado, que nadie se merecía lo que le habían hecho. Claro, que aquello nunca me lo quiso contar. Ella, a sus cuarenta y siete años, decía que no tenía nada que hacer con su vida. Que ya no tenía tiempo para formar una familia, que no podría volver a enamorarse y que simplemente se divertía y esperaba a que la muerte fuera a visitarla.
Por eso, cuando hoy la policía ha llamado a la puerta a las seis de la mañana, sabía que era algo relacionado con ella y no conmigo.
Una camilla se llevaba a Noelia casi muerta. Se había tomado una caja entera de pastillas, pero el amante de aquella noche se había despertado justo cuando perdía el conocimiento.
Noelia había pensado que lo mejor sería ahorrar tiempo y sufrimiento y provocar ella misma su muerte fatal.
domingo, 13 de septiembre de 2009
El novio de una sola noche.
Aquel día todo le salía mal. Se sentía triste, vacía, sola.
Ella nunca recurría a sus amigas cuando no se encontraba bien. Por el contrario, esperaba a que todo pasara y después poder verlas con una sonrisa radiante que decía claramente: “He vencido a mi pesimismo otra vez”.
Pero ella no soportó quedarse sola en casa más de media hora. Salió a dar un paseo, fue a ver a los artistas callejeros y les dio a todos algo de dinero. Fue a tomarse un café a la cafetería en la que Dakota trabajaba por las tardes, y, como estaba casi vacía, pudieron charlar tranquilamente.
- A mí no me engañas –le dijo-. Estás rara. ¿Ha pasado algo?
- No. Eso es lo que pasa: que no pasa nada.
- ¿Cuál es el problema entonces?
- Que hoy me he sentido sola nada más levantarme. Vale que ahora tenga a Ches, pero aún así, necesito mimos.
- Así que has cedido y has decidido enamorarte.
- No lo has entendido. Sólo digo que en este momento necesito a alguien conmigo, que me coja de la mano y me diga “Estoy aquí”.
La cafetería se fue llenando de gente, y pensó que quizás le venía bien dar otro paseo. Pero entonces se le ocurrió ir a ver a la única persona que ella sabía que iba a comprenderla en aquel momento.
Después de un trayecto eterno en metro y en autobús en el que se le escaparon un par de lágrimas, llegó al centro de la ciudad.
El portero le abrió la puerta y le dedicó una sonrisa. Ella subió al ascensor y marcó el número 6. Cuando llegó a la sexta planta, llamó con los nudillos a la puerta que arriba tenía una B.
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Alberto abrió y la miró, sorprendido.
- ¿Qué haces aquí?
- No lo sé. Estoy triste.
- Anda... pasa.
Él a veces bromeaba con ella para que se enfadase como una niña pequeña, cuando se ponía de morros y se iba a dar una vuelta a la manzana y volvía como si nada. A veces le gustaba llamarla para dar un paseo por el parque y que se parase a mirar todas y cada una de las cosas que le llamaban la atención. Le gustaba cómo quitaba importancia a los problemas. Estar con ella era como volver a tener ocho años.
Elena se sentó en el sofá de aquel piso enorme, y Alberto le sirvió un vaso de agua. Sabía que había pasado algo, que su amiga estaba de capa caída y debía haber algún motivo, que tenía que tratarla bien porque lo último que quería era que se hundiera otra vez.
- ¿Qué ha pasado?
Ella meneó la cabeza y suspiró.
- Me ha dado un bajón. Necesitaba estar con alguien.
- Ven aquí.
Se fundieron en un abrazo interminable en el que ella no pudo evitar desahogarse y llorar.
Entonces se miraron.
- Alberto…
- Dime, pequeña.
- ¿Quieres ser mi novio esta noche?
Él frunció el ceño y la miró divertido.
- ¿Esta noche?
- Sí –afirmó, secándose las lágrimas y quitando hierro al asunto-. Si no te importa, claro. Creo que quiero hacer cosas de novios contigo. Cenar, ver una película y esas cosas. Pero como novios. Y sólo esta noche.
Entonces él, que aún no se creía que aquello estuviese pasando de verdad, le acarició la mejilla sin borrar esa sonrisa traviesa de su cara. Asintió y ella rió, y poco a poco se fueron acercando, notando el aire que salía de sus pulmones que se juntaba y se esfumaba a la vez. Y sus labios se juntaron y comenzaron a besarse lentamente. Cada milésima de segundo era importante en aquel momento.
Aquello casi se les escapa de las manos pero, cuando ella desabrochaba el segundo botón de la camisa de Alberto, se miraron a los ojos.
- Creo –dijo Alberto-, que no estaría mal cenar ahora.
Elena volvió a reír y prepararon la cena: una ensalada, unos espaguetis y helado de vainilla de postre. Vieron una película de suspense que resultó ser muy aburrida, y Alberto sacó un ajedrez.
A mitad de la partida él llevaba todas las de perder. Cuando Elena acabó con la dama gracias a un mísero peón, él tiró el rey, se acercó a ella un poco más y le susurró al oído:
- Creo que prefiero rendirme: son las cuatro de la mañana y me muero de ganas de hacerte el amor.
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La luz entraba por las rendijas de las persianas de una habitación ajena.
Elena se despertó, abrazada al cuerpo desnudo de Alberto, que la miraba con media sonrisa. Ella también sonrió, se estiró y lo abrazó un poquito más. Creo que por un momento, deseó que no hubiese terminado aquella noche que quedaba atrás.
Cuando hubieron pasado cinco minutos sin decir ni una palabra, ella se levantó y se sentó al borde de la cama.
- He tenido un sueño muy raro, ¿sabes?
- ¿Cuál? –preguntó él divertido.
- Éramos novios por una noche, ¿te imaginas?
- Imposible. Soy diabético.
- ¿Y qué me quieres decir con eso?
- Que lo nuestro no funcionaría, muñeca.
Elena se quedó mirándolo extrañada, y él soltó una tremenda carcajada que derivó a una pelea de almohadas que los tuvo toda la mañana ocupados.
jueves, 10 de septiembre de 2009
Mi propio gato de Cheshire.
Ha llegado a casa con una caja en la que había un gato gris perla, que además llevaba una bolsa de tela blanca como la nieve.
El gato, que ya era mayor, se lo ha regalado a Carlota, que se ha puesto loca de contenta y se lo ha llevado a su habitación, donde han estado jugando toda la tarde.
Yo no hacía más que preguntarme qué habría en esa bolsa de tela blanca, y en cuanto Carlota se ha llevado a Gris (que así ha llamado al gato), mamá me ha dicho que abriera la bolsa.
En la bolsa, dormiditos, había tres gatitos gris perla tan pequeños que cabían en la palma de mi mano.
- Los he encontrado en la calle a los cuatro. No sé qué hacer con ellos -me ha dicho.
De repente, uno se ha despertado y me ha mirado y me ha sonreído. Lo he cogido y le he sonreído yo también, y me ha lamido la mejilla.
- Uno se lo daré a Dakota. El que está durmiendo con el ceño fruncido, porque parece que está preocupado, como ella, que siempre está preocupada por los que estamos a su alrededor. El otro se lo daré a Sergio, a Paula y a Dan, porque aunque estén viviendo juntos los veo un poco solos. Y este me lo voy a quedar yo, porque siempre he querido tener conmigo al gato de Cheshire.
Y Ches me ha mirado y me ha vuelto a sonreír.
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Mensajes desde Holanda.
Pero aquel día, Dan estaba demasiado seria.
Cuando nos sentamos, la camarera vino a preguntar qué queríamos. Y yo, como sé cómo es Dan cuando está triste, pedí aquellas jarras enormes de chocolate caliente, esas que tanto le gustan.
Nos sentamos al lado de la ventana grande, esa que a mí me gusta tanto porque puedes ver cómo la gente va y viene e inventar historias en tu mente sobre cada una de esas personas.
Esta vez no había nadie por la calle. Era noviembre, hacía mucho frío y llovía.
Dan tenía los ojos fijos en el chocolate y media sonrisa en la cara, como si la estuvieran obligando a sonreír.
Yo no apartaba la vista de ella, esperando a que se despertara y empezara a hablar.
Pero viendo que no haría nada de eso, me decidí a preguntarle.
- Daniela, ¿qué te pasa?
Ella me miró. Sus ojos eran tan azules que llegué a pensar que el cielo se había quitado un poco de azul para dárselo a ella. Deberían estar alegres, como está el cielo cuando no hay nubes, pero esta vez en el cielo de los ojos de Dan amenazaba con llover.
- Hoy he vuelto a hablar con Miguel.
Entonces comprendí todo. Aquello no había sido nada bueno para Dan.
- Ha vuelto a ser como antes. Pero, ¿sabes? No quiero volver a pasar lo que pasé antes. No por un chico que apenas...
- ... que apenas conoces, que ves poco, que es mucho más mayor que tú, que toca en un grupo de rock y, sobre todo, que ya te demostró que no va a hacerte feliz -la seguí-. Aprendiste bien lo que te dije.
- ¡Por eso mismo! Lo que pasa es que aún recuerdo las cosas buenas, y las malas dejan de existir. Por ejemplo, aquel viaje que hizo con sus amigos. Me mandaba mensajes desde Holanda. Me contaba cómo era aquello, lo que hacía, lo que veía, lo que le gustaba y lo que no, lo que...
- ¿Sabes qué, Dan? Olvídate de él. Si hace falta, yo te mandaré mensajes desde Holanda.
