A Sergio le encantaba conducir.
Era su manera personal de evadirse de la rutina y de los problemas diarios.
Sobre todo, le gustaba coger el coche los viernes por la tarde en noviembre. A eso de las cinco. Salía de la ciudad y se iba lejos, por carreteras secundarias, hasta algún sitio donde poder ver solo el atardecer. Cada vez era un sitio diferente.
El cielo cambiaba las tonalidades. Empezaba siendo naranja intenso. Marcando fuerte el contraluz con los árboles y las montañas. Después, poco a poco iba desapareciendo y dejando tras él una gama de colores azules y violetas y un naranja rosado en las nubes. Sergio se fumaba un cigarrillo y sonreía.
Aquello se parecía mucho a la tranquilidad.
Sergio miraba a Dan con media sonrisa cuando llegaba tarde los viernes, y nunca le decía dónde había estado. Él sabía que Dan se moría de ganas por saberlo, y algún día, sólo por hacer una excepción, él la llevaría a ver una puesta de sol de esas tan mágicas que a él tanto le gustaban.
Por eso, cuando Dan empezó a adelgazar tanto, tanto, Sergio decidió llevarla a ver una puesta de sol para que sonriera un poco, porque cada día estaba más triste, y Dan no era una de esas chicas que las puedes ver serias, no, Dan era una de esas chicas que tienen una sonrisa tan, tan bonita, que haces todo lo posible porque sonrían.
Dan se sorprendió mucho al ver que Sergio la estaba esperando en la puerta de la clase. La cogió de la mano, le dio un beso en los labios y le sonrió. Dan, colorada ante la atenta mirada de todos sus compañeros de clase, también le sonrió, muy contenta además, y Sergio, sin mediar palabra, se la llevó al coche.
Puso la música muy, muy alta. Escucharon el CD favorito de Dan, ese que tantas veces pone en casa a la hora de la siesta y que hace que Paula se despierte hecha una fiera.
Sergio conducía con su mano en la mano de Dan, que sonreía como nunca antes había sonreído. Empezó a desviarse a carreteras secundarias, mientras empezaba a atardecer.
Pararon en un sitio alejado de la ciudad, y sin hablar ni nada de nada, se bajaron del coche, se apoyaron el uno en el otro, y vieron la puesta de sol más especial que podían haber imaginado.
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