domingo, 20 de septiembre de 2009

Abuela peculiar.

La abuela y yo siempre nos odiamos. Me miraba con rencor, como si hubiese hecho algo que no estuviera bien, o al revés. Y yo a ella igual, porque no entendía el por qué de esa mirada rastrera.
Era un odio con cariño, un amor asqueado, una relación con desniveles que muchas veces nos hacía encontrarnos en situaciones la mar de peculiares.
Como cuando quiso arreglar ella sola la persiana de la habitación de papá y mamá y forcejeamos con la caja de herramientas.
O cuando ella me decía “inútil” y yo no paraba de reír a carcajada limpia, cosa que la sacaba de quicio, y mi padre nos castigaba a estar en habitaciones diferentes toda la tarde. Pero esto pasaba más cuando tenía trece años y pasaba por la etapa rebelde, aunque no fui un chico muy problemático.
Recuerdo que una vez salimos a cenar estando de vacaciones. Mi padre bajó del coche a comprar algún medicamento a la farmacia, y yo puse un CD de rock, y empezamos una tremenda discusión absurda sobre los grupos que ella escuchaba (que eran mejores, según ella) y que el rock and roll era una invención del diablo, y empezó a decirle a mi madre que debía tenerme encerrado y quitarme esa música infernal. Incluso habló de llamar al cura de su iglesia para hacerme un exorcismo…
La abuela y yo compartimos momentos memorables.
El que más me gusta, es el que me ocurrió hace poco más de un año, cuando acordamos gastarle a mi padre una broma pesada y ella se hizo pasar por muerta…
No os imagináis la grandiosa actuación que hizo la abuela, y lo mejor, cuando agarró a mi padre de los brazos y le gritó un simple “Bu”. Se rió tanto al ver la reacción de mi padre que se hizo pis encima… Y menos mal que yo acababa de ir al baño.

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