lunes, 30 de noviembre de 2009

Mis diciembres.

En invierno todo está tan, tan frío, que creo que el poco calor que hay está detrás de mis manos (siempre frías), porque todo el invierno (todo, todo) lo paso con ese nudo en el pecho que dicen que tienen esos románticos que tanto me gustan. Y claro, con ese nudo y esta cabecita loca, me gusta sentarme en el sofá que está al lado de la ventana y pensar en cosas tontas (para variar), situaciones de esas que sólo ves en las películas. Vamos, cosas típicas de mis diciembres.
Pero luego, como yo soy así, despierto, y entonces esa idea muere. Desaparece. Ya no existe. Es como si por pensarla, no pudiera realizarse jamás en mi realidad. Y me enfado. Y fumo. Fumo muchísimo. Fumo tanto, que a veces llego a odiar al invierno.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Quiero volver a ser una niña.

La mayoría de las noches me despierto de repente y me pongo a llorar. Y es que quiero volver a ser una niña, ¿sabes? Porque cuando yo era una niña, una niña de verdad, por las noches todo me daba un miedo horrible. Y entonces llamaba a mamá, que para mí era la solución a todos mis problemas, y se dormía conmigo y me daba la mano y toda la noche me la pasaba abrazada a ella. Y entonces el miedo de repente se iba, la oscuridad no era tan oscura y los monstruos volvían debajo de la cama.

Elena.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Que me gusta cuando tocas la guitarra.


Oye tú, ojos tristes, me gusta cuando tocas la guitarra. Sí, tú que te crees que nadie te oye, pero yo no soy tonto y sé cuándo tocas la guitarra, porque vuelves con los ojos rojos de llorar, pero contenta. Y aunque suene raro, así estás más guapa, porque sé que por mucho que lo intente, a la única a la que le cuentas tus cosas es a tu guitarra, y no con palabras, sino con gestos y caricias y acordes y notas sueltas, y vuelves al salón y me miras con esos ojos gatunos y tristes, y me sonríes tímida, y eso es gracioso.
Y aunque te pida que esta noche me des un concierto privado, sé que no me lo vas a dar, porque sé que lloras cada vez que la acaricias, y cuando te vas de casa y me apetece sonar música, las lágrimas que se han caído de tus ojos grises se han secado, pero quedan ahí como caminos hacia ninguna parte, y sé que has vuelto a tocar alguna canción bonita de esas que sólo sabes tú.
Como te decía, ojos tristes, me gusta cuando tocas la guitarra.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Ser idealista juega malas pasadas.


Se miraron fijamente durante largo rato, y la habitación empezó a caldearse. Ninguno de los dos quería apartar la mirada del otro, haciendo que cualquier prejuicio o pensamiento se esfumara, siendo ambos marionetas del deseo.
Luego ella sonrió, y sus ojos reflejaban el fuego que pronto descargaría. Él no consiguió evitar mostrar sorpresa en su rostro al ver tanta pasión en una mirada.
Y entonces, él le pasó sensualmente la mano por la pierna y ella se acercó a él un poco más. Despacio, con movimientos felinos y lentos, se dejó desnudar por unas manos tan expertas que aumentaban el calor y...

- Vale, vale, ¡ya vale! –gritó Marta, levantándose de la mesa y yendo hacia la ventana mientras se encendía un cigarrillo-. ¿Quieres que me ponga cachonda aquí, sin poder ponerle remedio?
Lola rió fuerte.
- Entonces, ¿qué? ¿Te presto este minirrelato? ¿Te parece interesante?
- Más que interesante, me parece un martirio para las que no podemos echar un polvo en condiciones y leamos estas cosas.
- Siempre puedes hacerlo tú sola.
Marta la miró incómoda.
- Es fácil decirlo, pero horrible intentarlo. Sola no tiene gracia.
- Lo sé, cielo.
Lola guardó los papeles en la carpeta de color verde, y miró a Marta.
Tenía la mirada perdida en el cielo azul de aquella mañana de diciembre. Siempre pareció ser una chica dura, ajena a los sentimientos que implicaban a otra persona del sexo opuesto. Se encerró tanto en sí misma que ya ningún hombre le parecía lo suficientemente bueno para ella.
Lola no la entendía. Había mucha gente en el mundo que merecía la pena. Para ella, Marta era la típica princesita que no había encontrado aún a su príncipe.
Lo que Marta no sabía, era que muchos sapos son más príncipes que los de los cuentos de hadas.

martes, 17 de noviembre de 2009

Me gusta pensar en estas cosas por la tarde.


Sé que soy una tonta, que me gusta demasiado fantasear y nunca estoy en donde debería estar, pero es que he estado pensando cosas esta tarde taaaan bonitas, que tenía que decírtelo.
¿Te acuerdas cuando te comenté que tenía unas ganas locas de irme a Cantabria? Pues es que cada día lo voy pensando más y mejor, y la verdad es que creo que nos saldría bastante bien la cosa.
Cierra los ojos.
Dame la mano.
Ahora, quiero que te imagines una casita blanca en la costa cántabra. No hace falta que te describa la costa cántabra, ¿o sí? Bueno, las arenas son claritas, el mar está siempre gris y hay muchas nubes, y viento que las mueve, y si miras dando la espalda al mar, hay acantilados y montañas y mucho verde.
Pero centrémonos en que estoy en el porche de la casita. Y hace viento, y el cielo está blanco-gris, y el mar está rugiendo y quiere alcanzarnos, y huele a sal. A mí esos momentos de la tarde me gustan mucho, sobre todo si lo tomo con una taza de chocolate caliente, porque me gusta ver cómo el viento frío se lleva el humo caliente que sale de la taza, sin parar.
Y llegas tú por detrás y me abrazas, y me das un beso en la mejilla, y nos quedamos atontados mirando al mar, con mi taza de chocolate caliente sujetada por mis manos.
Pero ya es hora de pasar, que empieza a hacer frío y la arena empieza a levantarse por el viento y a enredarnos el pelo junto con las gotitas del agua del mar. Y luego me quejo porque no consigo desenredarme bien, y tú te ríes.
Y entramos en casa… y nos hacemos el amor.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Por favor.

Hola, pequeñajo.
Hacía mucho que no te veía y, ¿sabes? no me gusta nada tener que verte en estas circunstancias.
Y me esfuerzo en escribirte esto, pequeño Manuel, pero aún no sabes ni leer, ni escribir, ni caminar, ni decir dos sílabas seguidas con significado.
Pero sí que sabes hacernos sonreír a todos mucho, mucho. Y ríes bonito, tan bonito que consigues que el más serio de la familia se ría también bonito.
Y nos miras a todos con esos enormes, enormes, enormes ojos azules que te han dado papá y mamá, y con esa carita de niño listo y simpático, y se nos cae la baba, Manuel. Porque eres alegría y energía, y nos las contagias, y te estamos agradecidos.
Jo, por eso, Manuel, aunque no puedas, me gustaría que me prometieras que te vas a poner bien. Porque tu mamá y tú papá están muy tristes. Y los abuelitos. Y los tíos. Y todos los primos, pero todos ¿eh? Sobre todo yo, la prima vieja, esa que va tanto a su bola y nunca está en un sitio fijo.
Por favor, Manu, ponte bueno.



Elena.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Hoy te recuerdo, mi querido hombre-anuncio.


Hello, how are you?
I know, you don’t remember who I am.
You don’t remember the reason why I am writing this.
But I do remember you. And, today, I was thinking about London and I thought about you.
It was the eighteenth of July, a Saturday evening.
You were in Oxford Circus, and the first time I met you I was really rude with you. I’m sorry.
But, twenty minutes later, someone stole my bag. And I was crying in Oxford Circus, phoning my parents and trying to get my money back. But I couldn’t.
And I saw you, and you were looking me without any smile, like if you wanted to speak with me. And I went to talk with you.
- Excuse me; do you know the phone number of this bank?
- No, I don’t… I am sorry… Sei italiana?
- No, sono spagnola – I said, smiling like never I smiled-. Ma io capisco un po’ lo italiano.
- Piacere. Cosa sucede?
And there, in the middle of my favourite city in the world, I was trying to talk with a handsome man with an enormous advertisement.
You tried to explain me all that you knew about the mafias of London. Near us was the Chinese Neighbourhood. The Russians also worked near there. And I cried and you calmed me. I was so pleased because I met you.
So, thank you very much for that. Today, just today, I have remembered that day.
I’d like to know your name, your address or your phone number, and say “Thank you”. But I don’t have any information of you.
Maybe that is better.

martes, 3 de noviembre de 2009

Carreteras secundarias al atardecer.

A Sergio le encantaba conducir.
Era su manera personal de evadirse de la rutina y de los problemas diarios.
Sobre todo, le gustaba coger el coche los viernes por la tarde en noviembre. A eso de las cinco. Salía de la ciudad y se iba lejos, por carreteras secundarias, hasta algún sitio donde poder ver solo el atardecer. Cada vez era un sitio diferente.
El cielo cambiaba las tonalidades. Empezaba siendo naranja intenso. Marcando fuerte el contraluz con los árboles y las montañas. Después, poco a poco iba desapareciendo y dejando tras él una gama de colores azules y violetas y un naranja rosado en las nubes. Sergio se fumaba un cigarrillo y sonreía.
Aquello se parecía mucho a la tranquilidad.
Sergio miraba a Dan con media sonrisa cuando llegaba tarde los viernes, y nunca le decía dónde había estado. Él sabía que Dan se moría de ganas por saberlo, y algún día, sólo por hacer una excepción, él la llevaría a ver una puesta de sol de esas tan mágicas que a él tanto le gustaban.
Por eso, cuando Dan empezó a adelgazar tanto, tanto, Sergio decidió llevarla a ver una puesta de sol para que sonriera un poco, porque cada día estaba más triste, y Dan no era una de esas chicas que las puedes ver serias, no, Dan era una de esas chicas que tienen una sonrisa tan, tan bonita, que haces todo lo posible porque sonrían.
Dan se sorprendió mucho al ver que Sergio la estaba esperando en la puerta de la clase. La cogió de la mano, le dio un beso en los labios y le sonrió. Dan, colorada ante la atenta mirada de todos sus compañeros de clase, también le sonrió, muy contenta además, y Sergio, sin mediar palabra, se la llevó al coche.
Puso la música muy, muy alta. Escucharon el CD favorito de Dan, ese que tantas veces pone en casa a la hora de la siesta y que hace que Paula se despierte hecha una fiera.
Sergio conducía con su mano en la mano de Dan, que sonreía como nunca antes había sonreído. Empezó a desviarse a carreteras secundarias, mientras empezaba a atardecer.
Pararon en un sitio alejado de la ciudad, y sin hablar ni nada de nada, se bajaron del coche, se apoyaron el uno en el otro, y vieron la puesta de sol más especial que podían haber imaginado.