Paula sentía debilidad por los hombres que le doblaban la edad.
El primer día que se cruzó con Javier por el supermercado se quedó prendada de él. Alto, de espaldas anchas y brazos fuertes, de aspecto jovial, con el pelo rubio canoso, los ojos grises y los labios finos, con pocas arrugas que lo hacían muy atractivo, supo que aquel hombre era para ella desde el primer instante que lo vio.
Así que iba al supermercado todas las tardes esperando poder coincidir otra vez con él, deseosa de saber cómo se llamaba, cómo era su voz, su forma de mirar y de sonreír.
Hablaron varias veces hasta que él la invitó a tomar un café. Estaba divorciado y tenía un hijo de nueve años. Trabajaba en un despacho de abogados bastante conocido. Vivía solo, en un fantástico ático en el que se pasaba los fines de semana tocando el piano para sí mismo.
El día que la invitó a su casa, hicieron el amor de la manera más romántica que te puedas imaginar. Hablaron sobre cosas que les interesaban a ambos, vieron juntos el amanecer y se miraron como quien siente que debe hacer que algo efímero sea eterno.
Empezaron a salir. Paula, siempre sonriente, agradable, simpática, ahora además estaba radiante de felicidad. Javier, por su parte, había adquirido un brillo particular en los ojos, como si hubiese recuperado algo que había perdido hacía mucho tiempo, y estaba feliz.
Así que el otro día, cuando llegó a casa, Daniela vio que una expresión rara había aparecido en el rostro de Paula. Se lo comentó a Sergio, y ambos la abordaron a la hora de la cena.
- Estoy embarazada.
Silencio sepulcral.
- Y, viendo que no habláis, he de deciros que voy a tenerlo. No sé cómo me las apañaré, ni cómo se lo diré a Javier, pero hay que echarle un par de narices a esto.
Y más silencio.
Daniela miraba su ensalada, con los ojos como platos.
Sergio, en cambio, la miraba a los ojos.
Y ella, con el ceño fruncido, los miraba a ambos.
- ¿No vais a decir nada?
- Sí –dijo Sergio-. Que vas a ser la mejor mamá del mundo.
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