Lucía volvió de Estados Unidos la semana pasada, después de una larga temporada estudiando Medicina allí, mejorando su inglés y, por qué no, intentando olvidar su trágico pasado.
Álex fue a recogerla al aeropuerto, y cuando se vieron ocurrió algo como en las películas, cuando ella suelta las maletas, él su americana, y corren a abrazarse.
Cuando él intentó hablar y decirle lo mucho que la había echado de menos, lo que la necesitaba, que aquella ausencia suya había sido una muerte diaria, ella negó con la cabeza y lo hizo callar.
- Empecemos de cero. Todo se había perdido.
Álex se quedó cabizbajo y asintió.
- Aún así, quiero que sepas una cosa.
Cuando levantó la mirada, ella estaba allí, con sus profundos ojos negros mirándolo fijamente, sonriendo.
- He echado mucho de menos tomar un helado en la heladería del centro, esa a la que íbamos los domingos, y tomarme un enorme helado de chocolate y mirarte y ver cómo mirabas por la ventana con cara de sueño y luego me sonreías y me decías que no entendías por qué me gustaba tanto tomar helado en invierno.
- Nunca lo entendí.
Lucía rió y lo miró con ternura.
- Me encantaba que después de tomarme el helado me dieras un beso y así notar tus labios calientes sobre los míos, fríos. Para mí era la mejor forma de terminar la semana.
Álex la abrazó fuerte y estrechó sus manos.
- Te quiero mucho, Lucía. No te vayas nunca más.
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