Aquel día todo le salía mal. Se sentía triste, vacía, sola.
Ella nunca recurría a sus amigas cuando no se encontraba bien. Por el contrario, esperaba a que todo pasara y después poder verlas con una sonrisa radiante que decía claramente: “He vencido a mi pesimismo otra vez”.
Pero ella no soportó quedarse sola en casa más de media hora. Salió a dar un paseo, fue a ver a los artistas callejeros y les dio a todos algo de dinero. Fue a tomarse un café a la cafetería en la que Dakota trabajaba por las tardes, y, como estaba casi vacía, pudieron charlar tranquilamente.
- A mí no me engañas –le dijo-. Estás rara. ¿Ha pasado algo?
- No. Eso es lo que pasa: que no pasa nada.
- ¿Cuál es el problema entonces?
- Que hoy me he sentido sola nada más levantarme. Vale que ahora tenga a Ches, pero aún así, necesito mimos.
- Así que has cedido y has decidido enamorarte.
- No lo has entendido. Sólo digo que en este momento necesito a alguien conmigo, que me coja de la mano y me diga “Estoy aquí”.
La cafetería se fue llenando de gente, y pensó que quizás le venía bien dar otro paseo. Pero entonces se le ocurrió ir a ver a la única persona que ella sabía que iba a comprenderla en aquel momento.
Después de un trayecto eterno en metro y en autobús en el que se le escaparon un par de lágrimas, llegó al centro de la ciudad.
El portero le abrió la puerta y le dedicó una sonrisa. Ella subió al ascensor y marcó el número 6. Cuando llegó a la sexta planta, llamó con los nudillos a la puerta que arriba tenía una B.
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Alberto abrió y la miró, sorprendido.
- ¿Qué haces aquí?
- No lo sé. Estoy triste.
- Anda... pasa.
Él a veces bromeaba con ella para que se enfadase como una niña pequeña, cuando se ponía de morros y se iba a dar una vuelta a la manzana y volvía como si nada. A veces le gustaba llamarla para dar un paseo por el parque y que se parase a mirar todas y cada una de las cosas que le llamaban la atención. Le gustaba cómo quitaba importancia a los problemas. Estar con ella era como volver a tener ocho años.
Elena se sentó en el sofá de aquel piso enorme, y Alberto le sirvió un vaso de agua. Sabía que había pasado algo, que su amiga estaba de capa caída y debía haber algún motivo, que tenía que tratarla bien porque lo último que quería era que se hundiera otra vez.
- ¿Qué ha pasado?
Ella meneó la cabeza y suspiró.
- Me ha dado un bajón. Necesitaba estar con alguien.
- Ven aquí.
Se fundieron en un abrazo interminable en el que ella no pudo evitar desahogarse y llorar.
Entonces se miraron.
- Alberto…
- Dime, pequeña.
- ¿Quieres ser mi novio esta noche?
Él frunció el ceño y la miró divertido.
- ¿Esta noche?
- Sí –afirmó, secándose las lágrimas y quitando hierro al asunto-. Si no te importa, claro. Creo que quiero hacer cosas de novios contigo. Cenar, ver una película y esas cosas. Pero como novios. Y sólo esta noche.
Entonces él, que aún no se creía que aquello estuviese pasando de verdad, le acarició la mejilla sin borrar esa sonrisa traviesa de su cara. Asintió y ella rió, y poco a poco se fueron acercando, notando el aire que salía de sus pulmones que se juntaba y se esfumaba a la vez. Y sus labios se juntaron y comenzaron a besarse lentamente. Cada milésima de segundo era importante en aquel momento.
Aquello casi se les escapa de las manos pero, cuando ella desabrochaba el segundo botón de la camisa de Alberto, se miraron a los ojos.
- Creo –dijo Alberto-, que no estaría mal cenar ahora.
Elena volvió a reír y prepararon la cena: una ensalada, unos espaguetis y helado de vainilla de postre. Vieron una película de suspense que resultó ser muy aburrida, y Alberto sacó un ajedrez.
A mitad de la partida él llevaba todas las de perder. Cuando Elena acabó con la dama gracias a un mísero peón, él tiró el rey, se acercó a ella un poco más y le susurró al oído:
- Creo que prefiero rendirme: son las cuatro de la mañana y me muero de ganas de hacerte el amor.
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La luz entraba por las rendijas de las persianas de una habitación ajena.
Elena se despertó, abrazada al cuerpo desnudo de Alberto, que la miraba con media sonrisa. Ella también sonrió, se estiró y lo abrazó un poquito más. Creo que por un momento, deseó que no hubiese terminado aquella noche que quedaba atrás.
Cuando hubieron pasado cinco minutos sin decir ni una palabra, ella se levantó y se sentó al borde de la cama.
- He tenido un sueño muy raro, ¿sabes?
- ¿Cuál? –preguntó él divertido.
- Éramos novios por una noche, ¿te imaginas?
- Imposible. Soy diabético.
- ¿Y qué me quieres decir con eso?
- Que lo nuestro no funcionaría, muñeca.
Elena se quedó mirándolo extrañada, y él soltó una tremenda carcajada que derivó a una pelea de almohadas que los tuvo toda la mañana ocupados.

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